Ana Liza en línea
Por Mariel Álvarez Sánchez
Un balazo en el ojo disparado por un “rescatista” provocó el trágico y violento final de Kenzo, quien murió como vivió
La lluvia caía con fuerza sobre los campos de Tepetlaoxtoc, como si el cielo mismo intentara lavar la culpa de una tragedia anunciada. En el suelo, con la mirada fija en la nada y el pelaje blanco manchado de un rojo espeso, yacía Kenzo. El veredicto de los peritos de la UNAM ya no dejaba espacio para la mentira: no hubo dardo tranquilizante, no hubo piedad. A Kenzo lo cazaron a balazos, perforando su mirada con el mismo plomo frío con el que los humanos siempre respondieron a su existencia.
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Su vida, desde el primer aliento, fue una tragedia en capítulos escrita por la codicia humana.
Acto I: El pecado original de nacer hermoso
Kenzo no eligió ser un tigre de Bengala blanco, un capricho de la genética que los hombres codiciosos convirtieron en maldición. Siendo apenas un cachorro indefenso, unas manos extrañas y brutales lo arrancaron de su hábitat, separándolo para siempre del calor de su madre y del susurro de la selva. Nunca supo lo que era correr bajo el dosel de los árboles ni cazar por instinto; sus primeros recuerdos fueron el frío de los barrotes, el rugido de los motores y los golpes que domesticaban su naturaleza a base de miedo. Para sus captores, Kenzo no era un ser vivo: era una mercancía de lujo.
Acto II: Los falsos redentores
Cuando las autoridades intervinieron años después, pareció llegar el milagro. Aparecieron los supuestos “buenos samaritanos“, hombres con discursos de amor y conservación que prometían sanar sus heridas en un “refugio“. Pero la realidad tras las bambalinas del santuario Animal Experience era otra extensión de su condena.
Los supuestos rescatistas resultaron ser carceleros disfrazados de héroes. Kenzo siguió preso, convertido en el centro de un negocio clandestino, exhibido para el entretenimiento y la vanidad de quienes pagaban por ver de cerca al “monstruo domesticado“. Su vida seguía reducida a unos cuantos metros cuadrados de cemento y al dolor crónico de un cautiverio que le rompió el espíritu.
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Acto III: El precio de la libertad
El mes pasado, un descuido en la seguridad de su prisión le abrió las puertas al destino. Kenzo escapó. Por primera vez en sus dos años de dolor, sus garras pisaron la tierra libre. Durante cinco días mágicos, el tigre blanco probó el viento en la cara, olió la libertad y caminó sin el eco de las cadenas. No atacó a nadie; solo huía del único peligro que conocía: el ser humano.
Pero la libertad de un esclavo se paga con la vida.
Acto IV: El veredicto final
El operativo de “recaptura” no buscaba salvarlo. Armados con rifles de verdad y con el miedo de los cobardes, los humanos lo acorralaron en Tepetlaoxtoc. No hubo paciencia, no hubo el protocolo científico que prometieron ante las cámaras. El clímax de esta cruel telenovela ocurrió cuando un tirador apretó el gatillo: una bala maldita entró por su párpado derecho, destrozando su paladar y ahogándolo en su propia sangre mientras intentaba lanzar un último rugido de dolor.
El veredicto de la historia: Kenzo murió como vivió, siendo la víctima de una humanidad que primero lo explotó, luego simuló salvarlo, y finalmente, cuando el animal se atrevió a reclamar el mundo que le pertenecía, lo ejecutó sin piedad. Su autopsia es el testamento de nuestra propia vergüenza.
Qué dice el reporte oficial sobre la muerte de Kenzo
Fue la propia PROFEPA quien dio a conocer el veredicto final sobre el motivo de la muerte de Kenzo, el valioso tigre blanco quien se volvió famoso tras arrebatar un poco de la libertad qeu nunca tuvo, aunque lo hizo en un espacio y en un lugar qye no era para él.
El Informe preliminar de estudio post-mortem con los resultados de la necropsia realizada al tigre de Bengala “Kenzo”, practicada por el Departamento de Patología de la Facultad de Medicina Veterinaria y Zootecnia de la Universidad Nacional Autónoma de México (UNAM).
Se trata de un ejemplar de aproximadamente dos años de edad, macho, con un peso de 116.2 kg y una longitud de 236 cm (de la punta de la nariz a la punta de la cola).
El informe señala que el felino murió por broncoaspiración de sangre a consecuencia de hemorragias derivadas de un impacto de bala en la parte frontal de la cabeza, cerca del párpado derecho. Dicha herida
“penetró por la región del párpado superior derecho y continuó su trayecto atravesando el paladar blando”
Así mismo, describe otras heridas que presentaba el ejemplar, algunas compatibles con proyectiles de arma de fuego; entre ellas, una correspondiente al marcaje del ejemplar (microchip) y, además, una herida longitudinal lacerante (cortada) de 11 cm de longitud en la cola.
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El Departamento de Patología de la Facultad de Medicina Veterinaria y Zootecnia entregará un diagnóstico final que incluye un examen histopatológico, que aportará mayor detalle a nivel microscópico sobre las lesiones identificadas en el animal, una vez que se reanuden las actividades en la UNAM.
Kenzo falleció durante el operativo de captura, el pasado 2 julio, en el municipio de Tepetlaoxtoc, Estado de México.
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