diputadas morenistas contra viejitos

La impunidad tiene fecha de caducidad

Ana Liza en línea

Por Mariel Álvarez Sánchez

El aguacate michoacano: el fruto de la discordia y la seguridad en juego

El arresto de un exgobernador no es cualquier acontecimiento; es un sacudón directo al tablero político de Guerrero y de todo el país. La detención de Ángel Aguirre Rivero por su presunta responsabilidad en la ocultación de pruebas y omisiones en torno a la tragedia de los 43 normalistas de Ayotzinapa reabre una herida que lleva más de una década sangrando en la memoria colectiva de México.

Para entender la dimensión de este personaje hay que recordar su pragmatismo político. Tras más de tres décadas militando en las filas del Partido Revolucionario Institucional (PRI) —donde llegó a ser gobernador sustituto en los noventa tras la masacre de Aguas Blancas—, Aguirre no dudó en romper con el tricolor cuando no obtuvo la candidatura en 2010. Fue entonces cuando la coalición de izquierda, encabezada por el Partido de la Revolución Democrática (PRD), el PT y Convergencia, lo acogió con los brazos abiertos para ganar la gubernatura en 2011.

En aquel momento crucial, Andrés Manuel López Obrador, como principal referente político de esa izquierda en expansión, respaldó la alianza y la candidatura de Aguirre en Guerrero, ponderando el pragmatismo electoral por encima de los antecedentes priistas del político de la Costa Chica. Aquella alianza de conveniencia culminó, tres años después, en el colapso institucional de la noche de Iguala.

Durante años, la narrativa oficial pareció un laberinto diseñado para desgastar al tiempo y desvanecer responsabilidades. Sin embargo, la acción judicial contra Aguirre Rivero deja claro que los compromisos de estado, aunque lentos, tarde o temprano exigen cuentas a los rostros del poder. No se trata solo de la captura de una figura política influyente, sino de la exigencia ciudadana de esclarecer la red de complicidades e indolencia institucional que dinamitó la confianza en las instituciones. El verdadero reto para el sistema de justicia será sostener el expediente en los tribunales y evitar que la detención se quede en un mero golpe mediático.

El aguacate michoacano: el fruto de la discordia y la seguridad en juego

Mientras los tribunales procesan el pasado político del sur del país, la economía agrícola vive su propia tormenta a unos cientos de kilómetros. La suspensión temporal de las inspecciones de importación de aguacate por parte de Estados Unidos, detonada por amenazas directas contra inspectores diplomáticos en Michoacán, puso en evidencia la vulnerabilidad de las cadenas de producción frente al crimen organizado.

El envío urgente de más de 1,500 efectivos de las Fuerzas Armadas para resguardar la franja aguacatera refleja la gravedad del problema: cuando el Estado debe desplegar al Ejército para garantizar la cosecha y exportación de un producto agrícola, el mensaje hacia los mercados internacionales y los productores locales es de alerta roja. El “oro verde” sigue siendo el motor de miles de familias, pero sin garantización de seguridad en el territorio, ningún acuerdo comercial resulta sostenible a largo plazo.

“Huelen a baúl”: la ligereza de la representación y la banalidad en la política

Por si la agenda no estuviera suficientemente cargada, el espectáculo legislativo aportó su propia cuota de indignación. Las diputadas de Morena en Puebla, Nayeli Salvatori y Grace Palomares, encendieron las redes tras difundirse un fragmento de su videopodcast donde se burlaron abiertamente de los adultos mayores. Entre risas y copas, soltaron comentarios despectivos afirmando que las personas de la tercera edad “huelen a baúl del recuerdo” y que “ya se están pudriendo”.

El episodio trascendió la simple anécdota de mal gusto. Refleja una profunda desconexión entre el micrófono de entretenimiento y la responsabilidad de la representación popular. Intentar matizar los comentarios bajo la excusa de un “espacio de humor” o alegar que se trataba de una sátira sobre los hombres maduros no minimiza el sesgo discriminatorio. La reacción interna del propio movimiento —que derivó en disculpas institucionales, el cierre del programa e incluso la suspensión de sus derechos partidistas— confirma que, en la política actual, la frontera entre la irreverencia digital y la falta de empatía básica hacia los sectores vulnerables se cruza con una ligereza inaceptable.

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