Con 25 años en la UAEMéx, su lente ha documentado la vida universitaria desde la intuición, la disciplina y la conexión con las personas.
Toluca, Estado de México.– La historia de Lázaro Hernández López, fotógrafo de la Dirección General de Comunicación Social Universitaria de la Universidad Autónoma del Estado de México (UAEMéx), comenzó mucho antes de sostener una cámara. Su vida, como él mismo la define, es una fotografía contrastada: luces, sombras y una búsqueda constante de sentido.
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Nació en 1971 en San Mateo Otzacatipan, pueblo originario de Toluca, en la casa de sus abuelos y con la asistencia de una comadrona. Su infancia transcurrió sin aulas de preescolar, pero rodeado de naturaleza.
“Aprendía de lo que veía”, recordó. Cielos, nubes, insectos, flores. Esa contemplación silenciosa fue su primera escuela visual.
Del campo a la ciudad
A los seis años dejó el campo y se trasladó a la ciudad. Pasó de los sembradíos a dos habitaciones en la Colonia Las Américas, cerca del Edificio de Rectoría de la UAEMéx, donde convivió con una familia extensa.
En la primaria enfrentó discriminación por su origen rural. “Me decían que era de pueblo, indígena”, relató.
Las carencias económicas y la desnutrición complicaron su aprendizaje, pero lo impulsaron a leer y a aprender por cuenta propia. Como hijo mayor de cinco hermanos, asumió responsabilidades y descubrió una pasión: la lucha libre.
Entre máscaras y caídas
Su padre, albañil y luego reportero gráfico y luchador, lo acercó a las arenas. Lázaro fue réferi y después luchador con identidades como Arlequín y Virus. El ring le enseñó resistencia y disciplina, aunque la vida lo llevó por otro camino.
Una cámara como destino
La fotografía llegó por necesidad. A los 18 años dejó la preparatoria y aceptó un trabajo como reportero gráfico sin saber usar una cámara. Su primer encargo fue cubrir una gira presidencial. Aprendió lo básico en minutos y logró imágenes cercanas. Desde entonces, la cámara se convirtió en su oficio y en su forma de entender la vida.
Aprender mirando
Al retratar personas busca la emoción detrás del gesto. “En la mirada está todo”, afirmó. También explora lo pequeño: piedras, sombras, cortezas. La macrofotografía es un regreso a su infancia, a la observación paciente.
Su trabajo lo llevó por medios periodísticos, instituciones públicas, eventos políticos, deportivos y nota roja.
Fotografiar desde el riesgo
Documentó desde helicópteros, con arnés y medio cuerpo fuera de la nave, antes de la llegada de los drones. Recordaba entonces lo que dijo a su madre de niño: quería un trabajo que no fuera aburrido.
La UAEMéx como hogar
En 2001 se integró a la UAEMéx. Para él, la universidad es un espacio que reúne ciencia, arte, cultura y deporte. Después de 25 años, la institución es parte de su vida cotidiana.
Del rollo al píxel
Vivió la transición de la fotografía análoga a la digital. Aprendió desde cero y promovió el cambio tecnológico en el Departamento de Fotografía de la entonces Oficina del Vocero. Construyó nuevas formas de trabajo más ágiles.
Familia y legado
Su familia ha acompañado sus sacrificios. Sus hijos, Diego y Ángel, universitarios, representan un logro personal. Aunque él no concluyó una licenciatura, procuró que ellos sí lo hicieran.
También enfrentó momentos difíciles: la separación de sus padres, responsabilidades tempranas y etapas de confusión. El deporte, especialmente correr, fue su refugio. A los 19 años tomó una decisión clave: reunir a sus hermanos y vivir juntos, lejos de conflictos familiares.
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Hoy reconoce que cada experiencia ha sido parte de su formación. En la UAEMéx, ese recorrido se traduce en vínculos y afecto. “Me gusta tratar bien a la gente”, dijo.
Si su vida pudiera resumirse en una imagen, sería contrastada. Y si tuviera que ponerle un título, lo tiene claro: “La vida vale la pena vivirse”.
